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3.7.10

td/036 - Fragmento de Trantor

Pequeña pieza metálica procedente del planeta Trantor (el actual Hame).


Cuando Hari Seldon comenzó los estudios que le llevarían a desarrollar la nueva ciencia de la psicohistoria, Trantor representaba el corazón del Primer Imperio Galáctico. El planeta/capital estaba cubierto por completo de metal, material con el cual estaba construida  la inmensa ciudad que en sus 800 sectores hospedaba a más de 45 billiones de personas.
En Trantor se hallaba el fastuoso Palacio Imperial, que junto con la Biblioteca Galáctica era la única estructura que no estuviese cubierta por bóvedas metálicas, además de todas las oficinas que administraban todas las colonias del Imperio, hasta las más lejanas.

Trantor era también el planeta habitado más cercano al centro de la galaxia, y esta fue sin duda una de las razones de su elección, no solamente de valor simbólico, sino también práctico. De hecho el planeta dependía de los abastecimientos contínuos de géneros procedentes de toda la galaxia y que no estaba en grado de producir por si mismo. El aspecto administrativo y directivo ocupaba casi el 100% de sus recursos, faltando así casi del todo la producción básica.

Sin embargo, cuando la decadencia del Imperio fue tal que la flota imperial ya no podía mantener las defensas de este enorme y frágil mecanismo humano y burocrático, las naves del rebelde  Gilmer dieron el asalto, provocando la muerte de billiones de personas y decretando la definitiva caída del Imperio.
Los bombardeos y saqueos se prolongaron durante días, dejando intacta unicamente la grande Biblioteca, protegida en secreto por los miembros de la Segunda Fundación.

El Plan que Hari Seldon, único científico en grado de prever lo ocurrido, había puesto en marcha unos años antes, consistía en la creación de dos Fundaciones.
Estos dos polos situados "en los puntos extremos de la galaxia", conducirían a la humanidad desde el fin del Primer Imperio hasta el comienzo del Segundo, limitando la época de anarquía y conflictos intermedia de 30.000 a tan sólo mil años.

La Primera (y oficialmente la única) Fundación fue establecida en Terminus, un pequeño planeta situado al margen de la galaxia. Ahí sus científicos concentrarían sus esfuerzos en la creación de la Enciclopedia Galáctica, una suma de todos los conocimientos adquiridos hasta el momento por la humanidad.
Los miembros de la Segunda Fundación, por contrario, protegidos por el anonimato e invisibles a los demás, se dedicarían al estudio de las ciencias psíquicas, desarrollando aquellas potencialidades latentes en los hombres y controlando en secreto el progreso de la Primera Fundación hacia el objetivo final.

Después del saqueo, los pocos supervivientes de Trantor, empezaron a desmantelar las imponentes ruinas metálicas para venderlas como material de construcción y canjearlas con géneros de primer auxilio. Los terrenos liberados del metal se volvieron a cultivar, y en tan sólo una generación, lo que hasta poco tiempo atrás era un inmenso hormiguero metálico, se transformó en un planeta fértil y principalmente agrícola, habitado por una población simple pero tenaz.

La única estructura que nunca fue desmantelada es la Biblioteca Galáctica, evitada por las gentes del lugar que la consideran un lugar prohibido e incluso peligroso.
En su interior guardaba todas las obras creativas (y otras menos creativas) de la humanidad, la suma de todos sus conocimientos hasta la época de la caída del Imperio. Estaba totalmente informatizada y se necesitaba de personas expertas para poderla consultar.
Ahí estuvo el Mulo en el momento de su máxima expansion en busca de algún elemento útil para individuar la posición de la fantasmal Segunda Fundación, pero sus esfuerzos fracasaron ante la acción de una mujer, Bayta Darell, que pudo impedirlo en el último instante.

Este pequeño fragmento metálico, encontrado por un lejano tataranieto en uno de los innumerables mercadillos interespaciales, procede de las cercanías de la Biblioteca, que en su momento fueron saneadas y acondicionadas para los turistas que cada año viajan a Hame para visitar los restos de la antigua Trantor.
Sería complicado e incluso un poco comprometido explicar como esta pieza llegó hasta mis manos. Lo único que os puedo contar es que en un reciente viaje tuve la ocasión de descubrir que el tiempo es mucho más elástico de lo que solemos pensar.


A pesar del tiempo transcurrido, algunas partes del fragmento aún presentan una alta concentración de radioactividad, directa consecuencia de las armas usadas durante el ataque.
En realidad no es nada especialmente peligroso si es manejado con las debidas cautelas.

DETALLES:
Tamaño: cm 5,8 x 2,2  grosor cm 1,8
Peso: + o - 60 gr.
Composición: hierro marciano (80%), aluminio de Kalis IV (15%), titanio carbonato* (5%
*obtenido con el viejo proceso Storwo en uso en la época de la construcción de Trantor.
Procedencia:
Cercanias de la antigua Biblioteca Imperial (hoy Biblioteca Galáctica) de Trantor. Galaxia Central.

10.1.10

td/034 - Carta de Enrico (segunda parte)

En la primera parte de la carta leímos el relato que Enrico hace a sus padres de su captura, de madrugada, en zona de combate. Al parecer la acción del enemigo fue facilitada también por la traicción de unos  conmilitones, aunque la secuencia de los hechos así como él los cuenta, no me resulta del todo clara.
Enrico afirma en más ocasiones que su rendición no fue causada por falta de valor, ya que él intentó hasta el final incitar a sus hombres al combate, y tampoco los abandonó cuando, a pesar de sus esfuerzos, la situación se hizo más comprometida.


Esta insistencia en justificar su posición se puede bien explicar, ya que el mando italiano era muy duro con los soldados que rechazaban el enfrentamiento con el enemigo o intentaban disertar. Para estos casos era prevista la pena capital, y fueron muchos los soldados italianos que cayeron de esta manera.
A menudo, los hombres capturados por los austríacos también eran  considerados una deshonra por sus familias, siendo tratados como traidores de la Patria.

Un claro ejemplo son estas pocas líneas, escritas por un padre a su propio hijo prisionero de guerra:
"Me pides comida, pero a un cobarde como tú no mando nada: si no te fusilan aquellos canallas de los austríacos  te fusilarán en Italia. Tú eres un sinvergüenza, un traidor; deberías matarte tu mismo. Qué viva siempre Italia, muerte a Austria y a todos los canallas alemanes: cabrones. No vuelvas a escribir que nos haces un favor. Muerte a los canallas". (fuente - en italiano)



Pero volvamos a nuestra carta. En esta segunda parte vamos a leer el relato, cautivador al igual que una novela, del intento de fuga efectuado por Enrico con unos compañeros de prisión.
La rocambolesca evasión planeada durante mucho tiempo, finalmente no tuvo éxito,  pero a juzgar por  el documento, tampoco acabó tan mal.

Me pregunto a través de cuales canales habrá sido enviada esta carta, ya que la correspondencia era sistemáticamente controlada por los censores y un texto como el siguiente hubiera representado de hecho una confesión a los ojos de los austríacos. Sin embargo es evidente que había formas de evitar los controles, ya que el padre de Enrico pudo hacer llegar al hijo unos mapas del Touring Club alemán que supuestamente servirían a los fugitivos para orientarse una vez abandonado el campo. Tal vez aquella famosa recomendación finalmente alcanzó su objetivo.

(sigue el texto de la carta - aquí la primera parte)


"Trabajando con cuidado se escuchaban las conversaciones que se hacían encima de nosotros. Una tarde oímos unos compañeros discutiendo animadamente sobre la imposibilidad de una fuga a través de un túnel. Y nosotros riéndonos en silencio y pegándonos unas hostias de muerte para desahogar nuestro buen humor!
Después de haber excavado lo que nos pareció suficiente para acoger la tierra de la galería, empezamos el trabajo subterráneo, hacia los reticulados.


Pisamos la tierra un par de metros debajo del suelo, pero íbamos avanzando muy lentamente por culpa de los contínuos desprendimientos, a pesar de los intentos de armar la galería con los minúsculos listones que teníamos a nuestra disposición. Y cuando ya habíamos avanzado unos 6 metros, vinieron fuertes lluvias que despertaron nuestra desesperación ya que preveíamos lo peor. De hecho una mañana sobre las cinco se nos acercó furtivamente nuestro ordenanza para avisarnos que bajo el desague del techo el suelo se había hundido. Pero los austríacos ya habían sido avisados, así que bajamos corriendo bajo tierra para cerrar el túnel. Los austríacos vinieron, estudiaron, hicieron excavar y remontaron hacia la barraca hasta que encontraron la barrera hecha por nosotros. Vieron la segunda escotilla, mandaron arrestar a los dos oficiales del dormitorio agujereado, hicieron tapar la brecha y empezando por los soldados serbios, excavaron bajo el túnel y abrieron aspilleras para una inspección completa.



Vigilantes austríacos en el campo de Braunau

Pasados unos días, viendo nosotros que los serbios avanzaban despacio, recobrando confianza, volvimos a abrir el camino y comenzamos otro túnel. Esta vez lo armamos mejor, y seguimos con ardor, llevando, de broma, la tierra de la excavación al lugar donde trabajaban los serbios, por supuesto durante la noche, y ellos se la llevaban sin darse cuenta del doble trabajo que iban haciendo. El transporte lo hacíamos con unos carritos de tres ruedas construidos con las cajas de licores que nos traían de Linz, cuya madera usábamos también para armar la galería. Pero ¡cuánto pesaban esos carritos empujándolos de rodillas! Pobres rodillas heridas por las gravas. Y ¡vaya cabezazos pillábamos contra las armaduras del túnel!

Como en el túnel faltaba el aire, así le pusimos un ventilador manual. Luego, utilizando los cables de un timbre eléctrico olvidado en una barraca, pusimos una bombilla eléctrica en el túnel. Las velas por otra parte, aunque las tuvieramos, no funcionarían por la falta de aire; de hecho los austríacos no permitían su uso después de los primeros intentos de fuga.
 
Para entender lo que es el trabajo bajo tierra, habría que preguntarle a un minero. Trabajábamos medio asfixiados y casi cegados por la arena que entraba en los ojos; con encima  el temor de un desprendimiento que nos enterraría vivos sin esperanza de recibir ayuda. La tierra y la arena helada se insinuaban entre la ropa y se iban a meter, cómo no, justo debajo de los huesos, y siempre caía agua desde arriba.
Tras dos horas de semejante trabajo teníamos que parar.

Una noche mientras estaba trabajando con un compañero, vimos la luz eléctrica apagarse y encenderse tres veces. Era la señal de alarma.

Nos retiramos deprisa y con cuidado y volvimos a la escotilla. Oíamos gente corriendo. De repente oímos también a los austríacos hablando en un pasillo.
Saltamos fuera del agujero como dos ratas, nos arrancamos de encima las ropas de trabajo, nos pusimos los pantalones, los zapatos y con la rebeca desabrochada y las polainas en las manos nos lanzamos por la ventana y salimos pitando hacia la habitación de un compañero. Llegados ahí, nos pusimos en orden y volvimos indiferentes a curiosear.

 
Los austríacos habían sido bien informados y sin duda llegaron al sitio que álguien les había indicado. Pusieron a dos sentinelas delante de la puerta de la habitación, y a dos delante de las ventanas, y dejaron la inspección para el día siguiente.
Pero por la noche nosotros pasamos a través de las aspilleras y entramos en la habitación. Nos llevamos la ropa, el registro de los turnos y una vez bloqueada la puerta nos fuimos.
Por la mañana llegaron los alemanes y sólo entonces se dieron cuenta de que deberían haber entrado enseguida en la habitación y dejar ahí dentro un sentinela en vez que cuatro fuera.

Sus intentos para identificarnos resultaron inútiles.
Hicieron excavar el túnel en todas direcciones, cerraron todo y así se acabó, y se acabaron también nuestras esperanzas de fuga después de tanto duro trabajo. Si pienso que sólo nos faltaban unos pocos días de excavación para llegar al otro lado de los reticulados, y entonces en una noche de tormenta ¡nos habríamos largado!


Hecho curioso que todos los que sabían de este túnel hubieran querido huir detrás de nosotros. Ustedes que conocen por experiencia la escasez de personas serias ¿se imaginan cuantas probabilidades de éxito tendrían desprovistos como eran de todo lo necesario para un trayecto de por lo menos treinta noches de viaje?

Nosotros, preparados desde hacía seis meses, lo teníamos todo; comidas especiales, zapatos, una buena cuerda por si teníamos que cruzar los ríos, pero sobre todo, la precisa brújula, y los magníficos mapas del Turing Club alemán que tú, querido papá, eludiendo la censura austríaca me habías hecho llegar en perfecto orden. Con semejantes claros mapas y con las indicaciones de pueblos y ciudades que me habías dado, podíamos con toda seguridad costear las carreteras principales y siempre de noche. Habríamos evitado vigilantes y perros, y niños, que sólo salen de día. Por otro lado el Mayor de nuestra barraca siempre decía que sólo confiaba en Ioris, Salterio y Sforza; los demás en cambio, que tras el primer impulso de fuga habían dejado de trabajar, le daban las risas.
Desgraciadamente que acabaron riendo los austríacos y eso por culpa de un espía, ¡por desgracia uno de los nuestros!
Ahora es inútil pensar en otros proyectos, más adelante veremos; de todos modos somos todos sospechosos, por cuanto los austríacos no hayan podido individuarnos.
 
Concluyendo, no os preocupéis por mi, porque ahora estamos mejor, por supuesto mientras que siga llegándonos la comida que los parientes nos mandan. Por las enfermedades también ya no hay peligro, es verdad que antes que yo llegara hubo una pestilencia en la que murieron unos ocho o diez mil serbios, pero entonces la higiene no se cuidaba.


Os doy las gracias por facilitarme mis estudios; yo intento echar la melancolía estudiando, y de momento ya tengo suficiente con el cálculo y con la mecánica racional.
 
Con la llegada de otros inválidos os volveré a escribir.
Os beso y con cariño me digo vuestro


ENRICO"

El campo de Mauthausen, como muchos otros después de la primera guerra mundial, cerró en 1918 y los prisioneros poco a poco fueron repatriados a Italia. Desgraciadamente no encontré la lista de los fallecidos de ese campo, que es disponible online para el de Marchtrenk y donde no aparece el nombre de Enrico. La mayoría de las fuentes se refieren a la época de la segunda guerra mundial, así que es más difícil tener acceso a los datos de más de treinta años antes.
Me gustaría pensar que Enrico finalmente pudo volver a su casa, aunque el cuidado con el que ha sido transcrito y guardado este texto me sugiere el contrario... Puede que entre los otros viejos documentos que aún reposan en la caja de la que he sacado la carta, se esconda algún indicio que pueda ayudarme a desvelar el epílogo de esta historia. En ese caso, no dudaré en publicarlo en el Trastero.

DETALLES:
Páginas: 4 sobre una única hoja
Tamaño doblado: cm 21 x 30 

Procedencia:
La misma caja de td/015, td/030 e td/033.

30.12.09

td/034 - Carta de Enrico (primera parte)




Como escribí en el anterior post, ya ha llegado el momento de leer la carta que Enrico escribe a sus padres. Siendo ésta muy larga, he decdido dividirla en dos partes, agregando algunas notas explicativas e imágenes que nos ayuden a visualizar el relato. Un relato que representa a mi juicio un documento excepcional y que merece ser leído y difundido, a pesar de la palabra "Riservata" (confidencial) escrita a mano en la primera hoja.
Después de casi un siglo desde su redacción, llega hasta nosotros gracias a esta copia escrita a máquina probablemente por los parientes más próximos para guardar memoria de los hechos.


(Las primeras dos hojas de las cuatro que forman el documento)

Los acontecimientos relatados por el autor de esta carta ocurren antes de la trágica batalla de Caporetto. El telegrama con el cual los padres trataban de obtener ayuda para su hijo prisionero lleva la fecha de septiembre de 1917, pero en la relación del fallecimiento de su padre, presentada en td/030 - Historia de un héroe, se dice claramente que dicho Enrico, alférez de infantería, es "prisionero de guerra en Austria desde 1915". La carta se colocaría de este modo, con toda probabilidad, entre 1915 y 1917, y es enviada desde un campo de prisionía que nunca es nombrado, pero que se encontraría cerca de Linz, ciudad de donde le llegan las cajas de licores.
Investigando un poco en la red, averiguo que los principales campos presentes en la zona son los de Mauthausen, Katzenau, Wegscheid y Marchtrenk.

Algunos de estos sitios se hicieron tristemente famosos unos años más tarde (por ejemplo el de Mauthausen - véase también td/028 - Listón de Mauthausen), pero no hay que hacer confusión entre los campos de prisionía de la primera guerra mundial y los de exterminio de la segunda. Mientras en la guerra de 1915/18 los campos acogían en su mayoría a soldados y oficiales capturados en acciones bélicas, en la segunda guerra mundial se trataba literalmente de mataderos disfrazados de campos de trabajo, estudiados en la mesa con el fin de eliminar físicamente determinadas fajas de población civil (judíos, opositores políticos, gitanos, homosexuales...).
En los campos militares además, existía una especie de código de honor, se conservaban los grados y no faltaba cierto rígido respeto entre los prisioneros y sus vigilantes.
A través de la intercesión de la Cruz Roja se podían establecer contactos con las familias en el país de origen y recibir alimentos y noticias.

Enrico en su carta da las gracias por los paquetes recibidos y escribe que antes de su llegada al campo "hubo una pestilencia en la que murieron unos ocho o diez mil serbios". Este es un buen indicio para poder llegar a descubrir en qué campo se encontraba, incluso sin movernos del pc.

El de Katzenau podríamos excluirlo a priori, ya que estaba destinado a la población civil deportada de las regiones cercanas al frente y sospechosa de colaborar con el enemigo (un pretexto cualquiera para quitar de en medio a personas molestas). Parece que anteriormente hospedó también prisioneros de guerra rusos, diezmados por una epidemia de tifus, pero fue cerrado en 1917 y los prisioneros fueron trasladados a otros sitios. (wikipedia.it).
Wegscheid no se hallaba muy lejos de Linz, y ahí también fueron internados muchos italianos, pero se encontraba en suelo alemán.
Marchtrenk: aquí resultan recluídos cerca de 25.000 militares italianos y aún hoy incluye un cementerio de guerra en el cual están enterrados 1.453 italianos que nunca volvieron a sus casas, además de hombres de otras nacionalidades entre las cuales sin embargo sólo se encuentran 11 serbios (fuente: el sitio de la A.N.A. - Asociación Nacional Alpinos).
Sólo nos queda Mauthausen, donde está documentada la presencia de prisioneros rusos y se hace mención (aquí) de las precarias condiciones de salud a causa del tifus.

De todos modos, para comprender este documento no es imprescindible conocer con exactitud el nombre del lugar. Podría tratarse de uno cualquiera de los cuatro mencionados, u otro más. Lo que cuenta es el testimonio en sí y las vicisitudes de estos hombres que se encontraron a su pesar en situaciones extremas como la que vamos a leer.
Así que no voy a alargarme más y os dejo a la lectura de la primera parte de esta carta. La segunda (y última) será publicada en breve en otro post del Trastero.

(escrito a mano) Copiado de la carta de Enrico
Confidencial

"Queridos padres


Aprovecho de la repatriación de mi compañero para daros libremente un informe sobre el hecho de mi captura. Fuimos hechos prisioneros 3 oficiales y 119 soldados de los cuales muchos del Cuerpo de Ingenieros, que nada tenían en común con nosotros. Así es como ocurrieron los hechos.

Eran las primeras luces del día y estábamos en cadena esperando la orden de ataque. Más adelante estaba otra unidad en acción. De repente yo escuché unos gritos de los nuestros que decían:" se rinden se rinden." Eran austríacos que se rendían.
Muchos soldados se lanzaron hacia adelante para cogerlos y como otros empujados por el ejemplo también iban corriendo, nosotros gritamos que no se movieran.
Pero al mismo tiempo se oyeron gritos de " traición - traición - traición - se rinden" y comenzó por parte del enemigo un fuego de fusilería infernal que nos embistió desde todos los lados.

Miré hacia el lugar de donde procedían los gritos y vi a los nuestros que agitaban las gorras y avanzaban agachados sin el fusil, hacia el enemigo.
Enseguida entendí.
Grité lo que pude de no moverse, de coger el fusil y disparar. Fuera el estruendo o que no quisieran obedecer, aquellos siguieron avanzando. Tenía el mosquete y disparé hacia ellos dos o tres veces, sin tener más balas, ya que antes también había disparado al enemigo. 
Mientras estaba recargando, unos austríacos, aparecidos de repente delante mía, me apuntaron a unos tres metros de distancia, otros gritando en húngaro me aferraron desde atrás; (nos habían rodeado) aún no he entendido como ocurrieron los hechos, ya que no tuve el tiempo de pensar, que me encontré desarmado, empujado, golpeado y agarrado por muchos. Uno, gritándome a la cara me apuntaba con la bayoneta a la garganta, otros gritando como locos me apoyaban el fusil al pecho haciendo el acto de traspasarme o disparar.
Estaba desarmado, por la Patria estaba perdido.

Todo esto ocurrió en pocos instantes, Desde la primera alarma a mi captura, habrán pasado quizás unos treinta segundos. Ha sido algo fulmíneo. No pude ver a mis compañeros o a los soldados. Todo era una refriega, una confusión de voces, de quejidos, de gritos infernales.
Que diferencia, entre tan rápida acción y el extenuante trabajo, diurno que hace a los hombres más vulnerables en aquellas horas nocturnas durante las cuales el espíritu debe de estar despierto y solícito para poder rápidamente dominar y superar los acontecimientos imprevistos y adversos.
Por contrario todo el día sedientos como perros trabajábamos en las trincheras, y por la noche teníamos que quedar despiertos a la espera de sorpresas; luego, la mayoría de las veces, corríamos al ataque.
Y así fue aquella noche donde entre la oscuridad, la confusión, los gritos, tuvimos que mirar a un lado y al otro y entre el silbido de las balas, nosotros también tuvimos que gritar desesperadamente unas órdenes no oídas o desatendidas. ¡Y encima la traición! 
Así que se ponga en nuestro lugar el que quiera juzgarnos.
Además, si se nos da una máquina que no obedece, ¿qué responsabilidad podemos tener nosotros si no funciona?

Muchas veces en estos meses me he preguntado si la breve acción tan fulminantemente llevada a cabo hubiera podido gracias a nuestra acción tener otro epílogo, pero siempre llegué a la conclusión de que también a causa de la proximidad del enemigo, no tenía que ocurrir de otro modo. 

Sin duda, por lo que se refiere a mí personalmente, podría también no estar aquí, si como otros hicieron en otras ocasiones, me hubiera retirado recién divisado el peligro.
Pero yo traté de mantener recogidos y hacer luchar a mis soldados y en el caso morir con ellos. Si sigo vivo lo estoy por milagro.

Queridos padres, os doy las gracias por los paquetes que me enviáis. Ahora va mejor. Pero en los primeros meses, ¡qué hambre pasamos!

Nuestro campo, como os dije, está rodeado por un doble reticulado, bien iluminado por la noche así que es inútil intentar la fuga, también por los numerosos sentinelas que lo controlan.
Más adelante, ¡quién sabe!



(prisioneros italianos de la primera guerra mundial en el campo de Mauthausen) enlace

Por lo que se refiere al intento de fuga a través de un túnel, así es como obramos.
Ahora os puedo explicar largo y detenidamente. Empezamos a trabajar el 1 de diciembre y se calculó acabar por mayo. En principio éramos tres oficiales. El primer día movimos en una habitación un armario y en su lugar con la navaja cortamos en el suelo un agujero de 40x60 entonces atacamos la tierra que conforme se extraía ibamos sacando por la noche de la habitación con escupideras y después con cubos, ocultandolos bajo la capa. Malditos sean aquellos cubos que arrancaban los brazos. Pero así no se podía seguir. Era imposible.
Hay que decir que nuestras barracas, con el piso tan lejos del suelo, distantes unos treinta metros de los reticulados, se prestaban bien para una galería hacia el exterior.

 Abajo, un fotograma de la película "La gran evasión" con Steve McQueen

Despuès de unos diez días habíamos hecho un pequeño pozo que podía albergar a dos personas. Pensamos excavar unos pasillos o pasarelas bajo las barracas echando la tierra hacia los lados para preparar la excavación que recibiría la tierra de la proyectada galería de fuga. Tras dos meses de trabajo nos dimos cuenta que encima de nosotros, pero de lado, se iba comenzando un trabajo similar al nuestro. Hicimos entonces la broma de llevar bajo la nueva escotilla la tierra que nosotros íbamos excavando y los desconocidos compañeros entonces se la llevaron. Finalmente consiguieron quitarla toda. Enorme fue su asombro cuando nos vieron y admiraron el trabajo cumplido. Tengo que decir que por supuesto trabajamos de rodillas. Los nuevos llegados eran cuatro; los aceptamos con nosotros y seguimos con la obra, guardando un registro de turnos para los siete."

(sigue aquí...)

24.3.09

td/030 - Historia de un héroe

Esta vez no será necesario gastar muchas palabras para presentar el objeto en cuestión. Se trata de un documento de texto mecanografiado en triple copia, hallado entre las viejas cartas y postales que mi abuela guardaba en una caja. La misma de la que salió el calendario-cancionero abisinio (vease td/015) y que aún será fuente de sorpresas para el futuro.


Cada copia de dicho documento se compone de dos ligeras hojas unidas por un clip metálico. No me queda claro si se trata de la redacción original o si éstas también son copias posteriores de un escrito mucho más antiguo. El título "PRO-MEMORIA" haría pensar a esta segunda opción.
Los hechos narrados remontan al 25 de noviembre de 1917, cuando Italia aún se encontraba en plena primera guerra mundial. De hecho en el texto se mencionan también algunas prófugas, y la misma causa del viaje que llevará al protagonista a viajar hasta el pueblo de Riccione (en la costa adriática septentrional), parece ser la intención de entregar una casa de su propiedad al Comité de los Prófugos para meterla a disposición de los que iban huyendo de las zonas invadidas por el enemigo.
Exactamente un mes antes, austriacos y alemanes habían infligido al ejército italiano un duro golpe en el valle del río Isonzo, que quedaría en los libros de historia como "la derrota de Caporetto" y que marcó el momento más dramático del conflicto para las tropas alpinas italianas.

El protagonista del relato no es un directo antepasado, pero de algunas maneras está enlazado a mi familia. De todas formas voy a sustituir su apellido por una neutra "X", lo que creo no afectará a la historia.
Pero basta ya de charla. Aquí va la transcricción completa del documento:

PRO-MEMORIA
------------------------------------------------

En la tarde del 25 de noviembre de 1917 el señor X Giovanni Battista (ya Jefe de Gabinete de las Ferrovias del Estado en Roma - calle Boncompagni), bajaba con su mujer (ambos procedentes de Roma) en la estación de Riccione y se encaminaba hacia la localidad de Fogliano, donde él poseía una casita que había venido a entregar al Comité de los Prófugos.

La vieja estación de trenes de Riccione en una foto de la época.

El tiempo era muy borrascoso y para abrigarse un poco los señores se refugiaron en el Estanco de propiedad del señor Gaspari (situado en Riccione Marina); entonces reanudaron la marcha, llegando con esfuerzo a la localidad de Fogliano, donde descansaron unos minutos en la vivienda del sr. Ratini, guardián de su casa.
En cuanto llegaron, los lúgubres e insistentes aullidos de sirena procedentes del mar llamaron su atención.

X, intuyendo que algún barco tenía que encontrarse en peligro no muy lejos de ahí, interrumpió la conversación y, rogando a su mujer que fuera a refugiarse a su casita, se dirigió audazmente y deprisa a la playa cercana.
Digo "audazmente" ya que el mal tiempo arreciaba de forma tan horrible que a pesar de las continuas llamadas de socorro lanzadas por el barco, la playa estaba desierta de pescadores, de campesinos, de "guardia di Finanza" y de "Carabinieri".
En la oscuridad el Sr. X vislumbró apenas a poca distancia de la orilla, un barco sacudido por las olas, y oyó los lamentos de los marineros que a toda voz gritaban: "¡Socorro, somos italianos, nos hundimos, sálvenos!"

El Sr. X, presa de viva conmiseración por el destino de la tripulación, se puso a gritar a gran voz hacia el barco que se reveló ser el cazatorpedero "Zefiro" de la Regia Marina, (en la foto de abajo, n.d.r.) de darse ánimo y que él iría a avisar a las Autoridades.
No obstante, antes de dejar la playa, creyó oportuno explorarla, y su precaución no fue vana porque divisó a un hombre que llevaba tan sólo una camiseta y un salvavidas al cuello, que congelado por el frío terrible, exhausto por el esfuerzo hecho nadando desde el cazatorpedero hasta la playa, estaba a punto de perder el conocimiento.

El pobre, expuesto de esa manera al viento helado y violento, cubierto de nevisca, era casi incapaz de pronunciar palabra, y a las preguntas podía contestar solamente de forma muy confusa; "Talian, talian, zefir, zefir" (o sea que era italiano y que el barco era el "Zefiro").
El Sr. X, al que el náufrago se agarraba semi inconsciente, lo sujetó y lo llevó hasta la "Trattoria dell'Alba" (un restaurante cercano a la playa). Llamó a la puerta y declarando a la mesonera su conocido nombre, pidió que se diera hospitalidad a un pobre náufrago.

Desgraciadamente la posadera, Señora Ida Conti en Patrignani, atemorizada por la noche borrascosa, respondió desde una ventana que se encontraba sola con los niños pequeños y que no podía abrir.
Así que el Sr. X, cargando de nuevo con el pobre náufrago que se moría de frío bajo su brazo, lo llevó a la más cercana casa habitada (propietario el Sr. Rossi) donde residían algunas prófugas (señoras Socol) que amablemente se hicieron cargo del desgraciado marinero, que se supo ser tal Vito Surdi de Monópoli, fueguista a bordo del Zefiro.

En dicha casa el Sr. X encontró amparado a otro náufrago (Sr. Bonezzi, torpedero del Zefiro) que se había refugiado ahí anteriormente y de él pudo aprender algo más sobre el suceso: entre otras cosas supo que el Zefiro contaba con una tripulación de unas ochenta personas, entre oficiales y marineros. Al enterarse de que la vida de tanta gente se encontraba en peligro, el Sr. X, no obstante su edad avanzada (60 años), acostumbrado a la vida pacífica de las tranquilas oficinas de correo y a pesar de la tormenta que atemorizaba hasta a los campesinos del lugar, fue otra vez corriendo hasta la playa en busca de otros náufragos. Sin embargo no vió a ninguno y la playa seguía desierta de cualquier militar. En respuesta a las invocaciones de auxilio procedentes del barco, volvió a repetir a gritos su exhortación a darse ánimo y advirtió de que iba de camino para llamar ayuda.
Antes de eso, se apresuró hasta su casita para avisar y tranquilizar a su mujer que - excitada por los lúgubres aullidos de la sirena y por los gritos no menos impresionantes de los marineros que pedían ayuda - esperaba con ansiedad, sóla en la noche tempestuosa, el regreso del marido; la informó de la situación y le dijo que tenía que ir enseguida a Riccione para pedir ayuda.


Panorama de Riccione a principios del siglo XX.

A las afectuosas insistencias de la mujer que le rogaba coger un poco de comida antes de salir de nuevo a la intemperie, el Sr. X contestó estas palabras: "Piensa que hay 80 personas en peligro, y un sólo instante de retraso sería un delito."
La mujer, a pesar de su inquietud, no se atrevió a insistir por la firmeza de su actitud, y también por la salveza que eso iba a representar para muchas personas que para cumplir con su deber se encontraban en peligro mortal.

Y el Sr. X, sin descansar y sin siquiera cambiarse de ropa repitió: "Mi deber me llama", y volvió a salir al tiempo terrible, a la lluvia incesante para llegar (él, empleado anciano, recién llegado de Roma después de un viaje agotador de 20 horas a causa de la reducción del servicio ferroviario) hasta Riccione Marina para avisar de lo ocurrido la Comandancia de los Carabinieri y de la Finanza.
Siendo desprovisto el Cuartel de los Carbineros del teléfono, él se dirigió acompañado por el Comandante, al Cuartel de la Finanza, donde se percató de que las Autoridades ignoraban por completo el asunto: insistió animadamente para que éstas telefoneasen a Rimini y a Ancona pidiendo el rápido envió de ayudas, vehículos de salvamento, y la llamada fue efectuada por el Comandante de Finanza Sr. Mareschini.


En la foto: Riccione hoy.

A continuación, el Sr. X, para cumplir con su tarea, guió personalmente a los S.res Comandantes Marchesini y Marchetti hasta el lugar del siniestro y a la casa de las Señoras Socol donde seguían hospedados los dos náufragos S.res Bonezzi (torpedero) y Surdi (fueguista).
En dicha casa fue redactada una declaración de lo ocurrido por los mismos Comandantes, donde se hace explícita mención de la tarea llevada a cabo por el Sr. X.
Después de todo esto, abatido por el cansancio y aterido, volvió a su casita (alrededor de las 12 de la noche) es decir después de haber caminado durante 4 horas bajo la helada y formidable borrasca que enfureció la noche del 26 al 27 de noviembre en el Adriático. (Los pescadores del lugar no recuerdan tormentas parecidas sino a distancia de 10 o 16 años atrás y quién esté al día de las noticias marítimas sabe cuántos otros siniestros por desgracia provocó.)

Al día siguiente el Sr. X empezó a padecer un vago malestar y después de otro día más cayó enfermo de neumonía.

A pesar de la asistencia incansable y atenta de la angustiada mujer (cuya existencia era apenada por las difíciles condiciones económicas del lugar, es decir, la falta de pan por ser desprovista de tarjeta, la falta absoluta de petróleo, etc.), y no obstante los sabios cuidados del hábil y experto Dr. Riccioni (médico conducto de Riccione), en la noche del 7 de diciembre de 1917 el Sr. X se apagaba inconsciente, asistido en la hora suprema solamente por la pobre y consternada mujer.

En consideración de todo lo expuesto, el firmante X Olindo, hijo mayor del Sr. X G.B., a nombre de todos los miembros supervivientes de la familia (compuesta también por la mujer S.ra Laura (...) y el hijo Enrico (Alférez de Infantería, prisionero de guerra en Austria desde 1915) inspirándose a superiores conceptos de humanidad y justicia, se atreve a dirigirse con ánimo deferente hacia aquellas Autoridades constituidas que a través de la elevación verbal de lo que pueda a Ellas constar sobre la antedicha exposición de los hechos, nos puedan facilitar la atención por parte del Ministro de la Marina, de un certificado de especial y cívil merecimiento en memoria de nuestro inolvidable perdido, sacrificado voluntariamente en circunstancias que proporcionan fúlgido honor a él, un triste orgullo para los miembros de su familia, y sobre todo un ejemplo inolvidable para cualquiera que albergue fuertes sentimientos de noble altruismo.
Con fe segura, que trae su alimento del culto que todos rendimos a la Justicia, la desconsolada familia confía en que la nobleza de sentimientos que anima en estas horas todas las conciencias puras y todas las valientes energías italianas, facilitará el reconocimiento no solamente espiritual sino también formal, del gesto de heroismo civil llevado a cabo por nuestro inolvidable Perdido.


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Desgraciadamente no sé cual haya sido el éxito de esta patriótica súplica, pero esta historia merecía ser contada incluso sin la certeza de un reconocimiento oficial.
El cazatorpedero "Zefiro", botado por la Regia Marina en 1904, consiguió mantenerse a flote hasta 1924, año de su definitivo desmantelamiento. Entre los hombres que formaron parte de su tripulación hay otro reconocido patriota y mártir de la Gran Guerra: el teniente de buque Nazario Sauro.

En la última parte del relato habréis notado que se nombra al hijo Enrico, "prisionero de guerra en Austria desde 1915". Le volveremos a encontrar más adelante, protagonista de otra aventura...

DETALLES:
Formato: cm 21 x 31
Páginas: 2

Procedencia:
Una caja de zapatos llena de cartas, postales y viejas historias.

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